Recuerdo sus palabras.
Y sus actos.
Cosía su sonrisa con la punzante aguja del llanto.
Llanto que derramaba sobre la tierra que labras.
Amábamos las cosas macabras.
Y las risas.
Recuendo cuando su melena era azotada por la brisa.
Haciendo pozos en mi alma de paja.
Vivía encerrado en una caja.
Hacía como que se escondía.
Su rostro era reflejo de su alma sombría.
Mientras su corazón se resquebraja.
Como cartas de baraja,
sin orden ni concierto.
Mas siempre supe que era cierto,
que bajo su seco desierto había tinajas.
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