Querido tú, árbol, que te hallas en el centro del bosque más espeso:
Recuerdo que me perdí en la gran ciudad. Que escapé de algo que me perseguía sin saber muy bien qué era, en dirección a la arboleda. Y mientras corría miraba hacia atrás, buscando el origen de mi mal, y alrededor sólo veía flores, que me herían con cada espina.
Y recuerdo encontrarme repentinamente con tus ramajes secos, y abrazarme a ti sin buscar una respuesta, descargando cada lágrima sobre el terreno árido que rodeaba el lugar. La naturaleza sonreía aquel día a mis ropajes oscuros y abrazaba a mis pies descalzos. Y floreciste ante mí como el más majestuoso de los espectáculos que jamás hayan visto unos ojos mortales. Fue entonces cuando dejé mi lamento a un lado, y comencé a observar.
Desde el suelo no veía más que las raíces. Comencé a escalar. Y ahora, cada rama que subo, me queda baja. En cada cual que me poso, encuentro cada uno de los tesoros que hoy día han hecho que te sienta mi hogar, que edifique mi hogar. Que me bañe en tu savia, que me alimente de tus frutos, que me acomode a verte crecer. Eres tú, árbol, quien me ha dado cobijo bajo esta lluvia constante. Eres tú, a quien vengo cada día en búsqueda de regar. Eres tú, libre, fuerte y uno. Eres tú, natural, silencioso, aunque gritando en medio del bosque. Eres tú brillando a la luz del día, testigo de la oscuridad de la noche. Eres tú, y sólo tú.
Y es a tu lado, donde esta pequeña niña quiere sentarse. A verte crecer y alejarte cada vez más del suelo. A ver como los animales se posan sobre ti para encontrar su calma. A sentirte. A dejar de correr.
A ver llover.