Pero imagine entonces un solo pez. Un solo pez que nada y da vueltas, que cada tres segundos perdiese lo que más puede apreciar un pez: su memoria. Y que por ende, se volviese cada vez más loco. Imagine también que el agua de esta pecera no se cambiase nunca. Que simplemente se pudriese, sin más. Y añádale al pez una cualidad: la inmortalidad. ¿Qué pasaría entonces?
Ese pez llegaría un punto en el que viviese intoxicado, ciego en la oscuridad de sus aguas. Que tal vez su impulso le hiciese querer escapar, pero claro, su memoria no dura lo suficiente, no se lo permite. No podría más que vivir, y vivir con su sufrimiento, día tras día, sin poder recordar nada cada tres segundos, perdido.
Pero, ahora, váyase lejos, muy lejos de esa pecera. Tan lejos como para mirar al horizonte y no poder verla, ni poder regresar a donde quiera que estuviese esta dichosa pecera, pero recordando que ese pez está sufriendo y pudriéndose en su agujero. Antes este pez era insignificante, pero ahora...¿Nota cómo empieza a importarle ese pez? ¿No le gustaría a usted ser quien le liberase de su ceguera, de su mal estado, y hacerle regresar a cuando teníamos esa preciosa pecerita, repleta de cosas bonitas? ¿No le gustaría a usted ser quien le liberase de su prisión? ¿No le gustaría a usted salvarlo? Pues bien, eso es porque ahora el pez forma parte de usted. De sus pensamientos. Ha empatizado con su situación, no quiere ver sufrir a un ser inocente, por más insignificante que pudiese parecer su pérdida. Ese pez ahora es su pez.