Éramos iguales a esto.
Éramos blancos.
Perfectos.
Inmaculados.
A nuestro alrededor, todo irradiaba sentimiento.
Pero la verdad es que estábamos igual de inertes
y descerebrados.
Nos sosteníamos apoyándonos
en los lugares más extraños
y no nos hacían falta manos
para hacernos sentir.
Nos armamos
con las mismas ganas
pero yo
me quedé
atrás.
